Building Stories de Chris Ware
Building Stories de Chris Ware
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Building Stories de Chris Ware
Building Stories de Chris Ware

Una forma para la narración de lo ordinario. Building Stories, de Chris Ware

Diapositivas simuladas, apariencia de recortable, de folleto de instrucciones ACME, obsesión por lo simultáneo, ultracorrección, sobreexposición, visión rayos X, escheriana, blue blueprints, diagramas árboreos hiperbóreos boreales… “Building Stories”, que acaba de publicarse en español de la mano de Reservoir Books (Random House) con el título de “Fabricar historias”, es una caja de 42×30 cm con un contenido vasto, múltiple y separable (“14 libros, cuadernillos, revistas, diarios, y folletos independientes y muy particulares”, un total de 260 páginas) que va del cromo colosalista en un par de secciones desplegables a la tira cómica superfetada o jibarizada, desde una historia en dos viñetas en un lateral de la caja de cartón hasta la página legal disimulada en el dorso de la tapa.

Está claro que la propia naturaleza del libro obliga de nuevo al inventario. Todo este sistema está puesto al servicio de una historia medida no en años humanos, sino en años de edificio, el relato de la existencia de uno de esos seres del montón repletos de secretos tristes de los que Chris Ware se sirve habitualmente, una mujer cuyo nombre no se menciona jamás a lo largo de los diversos cómics; segmentos biográficos dislocados, unos menores y otros (ya sea por potencia narrativa, por extensión o por envergadura) mayores. Las páginas desplegables de “All My Life” [FIG. 3], uno de los textos más largos, funcionan a modo de vida laboral de la protagonista, de la que lo poco que sabremos, pese a estudiarla a lo largo de diversos períodos de su existencia, es que le falta una pierna que perdió en un accidente de barco en la infancia, que estudió Bellas artes, trabajó de niñera, de florista y terminó casándose con un arquitecto llamado Phil y dedicándose a la vida doméstica y a criar a su hija. Durante la mayor parte de la narración, sin embargo, el auténtico interlocutor del lector es el escenario, el edificio que habitan sus personajes [FIG. 4] (pienso en las secciones, por llamarlas así, de “September 23rd 2000”, otra de las piezas más largas de “Building Stories”). Se cumple aquí el imaginado reto de Tom Robbins de escribir una novela en la que los objetos fuesen los únicos protagonistas. Una edificación humana está más impregnada que una fotografía centenaria.

Ware lleva a sus últimas consecuencias el examen hipertrofiado de lo anodino, de la cotidianidad, el lugar común, lo casi invisible por ordinario. Y eso le sugiere formas. Uno de los artículos que encontramos en “Building Stories” es un minicómic que tiene por protagonista a la abeja Branford, que se halla en el “lugar de los hechos”, y a quien se dedica también su propio tempo de insecto [FIG. 5]. La exhaustividad de este particular costumbrismo enloquecedor llega al extremo de proporcionarnos incluso un ejemplar del diario que lee el enjambre, el “Daily Bee” —también Maeterlinck, aunque quizás no sea el ejemplo de abanderado de la exhaustividad, consagró bastantes años de su carrera a la escritura de “La vida de las abejas”.

Lo que se nos pide a los lectores es que desempeñemos el papel de diablo cojuelo: levantamos la tapa del libro y descubrimos una gran variedad de teselas que podemos estudiar a nuestro antojo. Cada página exige ser examinada con un detenimiento fuera de lo común. La exhaustividad deja exhausto y con ganas, como decía, de darle a la labor de Chris Ware un nombre adecuado, algo que suene rotundo: “poderosos glifos inmisericordemente microscópicos no desprovistos de sentido para la correcta lectura de un tomo desmontado con voluntad de compleción”, algo pegadizo y fácil de recordar.

El nivel de exigencia y de disciplina que se espera del lector no dista tanto del que requiere una obra de Gaddis, de William H. Gass o el inevitable Ulises. Building Stories es un baúl de los recuerdos, una caja de fetiches, un álbum de instantáneas, una serie de rollos de super-8, filmaciones domésticas, entradas de diarios perdidos entre mudanzas. La responsabilidad del orden y la conclusión de todos estos materiales recae en el lector. Un formato ya utilizado anteriormente por otros artistas: “The Unfortunates”, de B. S. Johnson, una cajita en la que se guardaban las páginas sin coser de una novela; o el “Juego de cartas” de Max Aub (editado en 2011 por Cuadernos del Vigía), una baraja de 108 naipes ilustrados. Ambas obras podían leerse o construirse, que es a fin de cuentas lo que nos propone Ware con su Building Stories, en el orden que cada cual prefiriese Una vuelta de tuerca del costumbrismo, en definitiva, el viaje en el tiempo más sobrio que cabe imaginar.


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