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"Tree of Codes" de Jonathan Safran Foer: la lectura Yamakasi

POR QUÉ PARA LEER “TREE OF CODES” HAY QUE ATREVERSE A HACER PARKOUR

Afirmación inicial de Jonathan Safran Foer en el vídeo de su intervención en el Louisiana Literature Festival de 2012: “Cuando hice este libro, no lo imaginé como algo que fuera a ser difícil de leer en absoluto”.

O.O

Si no tenéis el libro físico en las manos no podréis saber hasta qué extremo son arriesgadas esas palabras, porque, aceptémoslo todos —Jonathan, tú también—, en una primera aproximación la forma del libro no es solo “difícil”, es completamente impenetrable. Antes de encontrar la puerta de entrada una se da de bruces treinta veces contra un muro lleno de huecos y de palabras amontonadas que es absolutamente incapaz de leer. Solo puede conformarse con observarlo con una expresión entre interesada y perpleja que le recuerda que comparte el 99% de la secuencia básica del ADN con un chimpancé.

Primera tentativa: tras recibir el impacto de la forma de este libro en particular quedan borrados de la mente de esta lectora todos los principios básicos sobre la lectura de un libro y, así, empieza a leerlo respetando la perspectiva de profundidad, intentando formar las frases a partir de las palabras correlativas que asoman entre los troqueles de las distintas páginas superpuestas. El resultado es el siguiente: “espalda alzándose y cayendo madre y yo queriendo los viandantes sobre un teclado menos días. Un enorme de adoquines tenían los ojos medio cerrados”. Varios simiescos experimentos después a la lectora se le ocurre dejar de tratar al libro como un artefacto insólito y leerlo página por página, como todos los demás. Ah, entonces sí: “Los viandantes tenían los ojos medio cerrados. Todo el mundo llevaba su máscara”. Esto es importante porque significa que el primer encuentro con “Tree of Codes” ya desmonta en nuestra mente la idea de lo que es un libro, nos cuesta reconocerlo como “un libro cualquiera” y, en ese sentido, no es casual que casi todas las reseñas y críticas hayan insistido en su “cualidad escultórica” y muy poco en sus cualidades literarias.

Cuando esta lectora, feliz con su brillante descubrimiento, se dispone, por fin, a leer, descubre que, a partir de ahí lo importante es saber hacer parkour: averiguar cómo se salta de una plataforma textual a otra sin caerse entre los huecos ni estamparse contra las frases solapadas, hilvanando las palabras de forma que todo cobre sentido. Esa lectura Yamakasi es solo cuestión de práctica. Acompasar el ritmo de estos saltos requiere únicamente concentración, un mínimo de entrenamiento lector y cierta disposición lúdica. Con este libro hay que saber lanzarse al vacío.

Dejadme avanzaros que, una vez ahí, la lectura no solo no es difícil, sino que resulta un placer (a esas alturas de la transformación simiesca) inesperado.


PARA LEER “TREE OF CODES” NO HACE FALTA SABER QUIÉN ES BRUNO SCHULZ, PERO DE TODAS MANERAS OS VOY A CONTAR POR QUÉ

“Tree of Codes” es un libro esculpido dentro de otro libro. Jonathan Safran Foer lo escribió eliminando —no es figurado, lo troqueló físicamente— algunas de las palabras del libro “Sklepy cynamonowe” (literalmente “las tiendas canela”), de Bruno Schulz, y construyendo con las restantes una narración propia. “Sklepy cynamonowe” es una compilación de relatos breves que se tradujo al inglés como de “The Street of Crocodiles” [1], título que Safran Foer troquela también para construir el suyo, así: “the sTREEt OF croCODilEs”.

Aunque no hace falta haber leído “Las tiendas de color canela” para apreciar “Tree of Codes” como obra literaria independiente, la fuente original no deja de estar presente en esas ausencias de las páginas troqueladas. Jonathan Safran Foer maneja con delicadeza el juego de equilibrio y tensión al entretejer las dos narraciones y a partir de él construye un libro con entidad propia que —y esto es lo más interesante— establece con el lector —y no digamos con las genealogías literarias— un diálogo propio. “Una forma de ser fiel al libro sin ser totalmente dependiente de él”, dice Safran Foer.

En ocasiones elimina párrafos enteros y reescribe por completo las páginas de Bruno Schulz, en otras recupera frases completas —“inmóvil como un guante al retirarse la mano”— y multiplica su significado insertándolas en un contexto nuevo. A veces se apropia de una imagen pero altera las palabras que la forman, con lo que cambia el ritmo de la frase o su efecto y las hace, por lo general, siempre más abruptas y desoladas —“La tierra estaba cubierta por un mantel de invierno. Las horas de oscuridad endurecidas por el aburrimiento”.


BUENO, PERO DE QUÉ VA “TREE OF CODES”

En ambas obras un narrador recuerda para nosotros algunos episodios de su infancia, pero mientras que en “The Street of Crocodiles” nos ofrece el relato de unos acontecimientos concretos, en “Tree of Codes” nos transmite solo sus percepciones y reflexiones como observador infantil del mundo. Un testigo del tedio en el que se desenvuelve la rutina de los habitantes de su ciudad —y la de su familia en particular— pero que es capaz de adivinar también las posibilidades y los prodigios que encierra cada una de esas vidas: “Yo era un observador vigilante de la vida persistente y secreta […] Sabía que el telón se abriría para revelar experiencia y honestidad”, afirma—.

La ciudad como aglutinación de anhedonia autoinducida, fallos de comunicación, decepciones, anhelos y potencialidad explosiva se concreta en la imagen del “árbol de códigos”, un mapa de la ciudad que posee el padre del narrador:

“Mi padre tenía en su escritorio un mapa precioso de nuestra ciudad […] Calles apanaladas, media calle, un hueco entre casas. Ese árbol de códigos brillaba con el vacío inexplorado. […] Los habitantes de la ciudad: criaturas de debilidad, de decadencia voluntaria, de inmersión en la intimidad fácil, de guiños secretos, gestos cínicos, cejas alzadas. Solo unas pocas personas percibían la falta de color, como en las fotografías en blanco y negro. Esto, más que metafórico, era real: un cielo incoloro, una enorme geometría del vacío, un anónimo gris acuoso que no arrojaba sombras y no enfatizaba nada, una pantalla puesta ahí para ocultar el verdadero significado de las cosas, una fachada tras la cual había una coloración extremadamente intensa. extenuados por la pasividad, las poses y las posturas, el cambio de peso de un pie a otro, nos descubrimos como parte del árbol de códigos. La realidad es delgada como el papel. […] Y aun así, y aun así… el último secreto del árbol de códigos es que nada puede alcanzar nunca una conclusión definitiva. En ningún otro sitio como allí sentimos las posibilidades”.


VALE Y QUÉ ES LO QUE TE QUEDA TRAS HABERLO LEÍDO

En Tree of Codes cada una de las frases es una unidad poética y una unidad de sentido perfectamente cerrada. Una evocación poderosa e independiente —apenas hay frases que sirvan al lector de pasarela para recuperar el aliento entre los saltos, que cumplan la función de meros conectores entre una idea y otra—. Y es su aposición lo que termina por crear la atmósfera reflexiva que envuelve y empapa al lector.

Es aquí donde la forma troquelada de las frases se convierte en un recurso literario crucial. No es un capricho técnico ni un alarde de producción ni un adorno superficial, de él depende por completo la forma de lectura del libro. En el troquel, de forma parecida a un pentagrama, está marcado el ritmo de lectura, que exige al lector una atención extrema. Es imposible saltarse una nota (siquiera uno de los minúsculos signos de puntuación que se quedan volando en el vacío en medio de una página) sin que el conjunto desafine y el sentido del texto se nos desmorone. “Tree of Codes” te obliga a ser hiperconsciente de la experiencia de lectura, a hacer el silencio en la mente para leerlo. En ese sentido a esta lectora le hace pensar más en una obra poética que en una obra narrativa. Está, como dice el propio Safran Foer acerca de la obra de Bruno Schulz, “más allá del argumento”.

En “Tree of Codes”, la participación de las editoras de Visual Editions, de los diseñadores del Sara de Bondt Studio y de los impresores de Die Keure es decisiva para la forma literaria final de la obra. Aunque cada una de las páginas tiene un troquel diferente y a primera vista la disposición de las palabras parece desordenada y algo azarosa, el diseño del libro está pautado con una armonía rítmica. Los espacios guardan unas proporciones armónicas —se alternan las líneas de texto, las líneas de espacio vacío y las líneas en blanco de forma más o menos sistemática, y los huecos, más que ser literales, responden de una forma evocadora a la cantidad real de texto ausente.

“Tree of Codes” es una obra híbrida compleja que plantea el tipo de preguntas que hacen salivar a esta lectora: ¿qué posibilidades hay de convertir la forma material del libro en un recurso literario? ¿Cómo reconocer las influencias y los préstamos artísticos, reescribiendo de una forma íntima y radical una obra anterior? ¿Hasta qué punto el concepto histórico de autoría individual es individual? ¿No es todo autor contemporáneo más bien un autor-actante, una red de genealogías y colaboraciones que confluyen y se materializan finalmente —y preferiblemente de una forma original— en el nombre que firma el libro?


DOS NOTAS FINALES

Todas las citas de Jonathan Safran Foer están sacadas del video del Louisiana Literature Festival, cuyo visionado os recomiendo encarecidamente porque a este hombre da gusto oírlo hablar.

Os recomiendo también otros dos vídeos preciosos —y muy cortitos— de Visual Editions relacionados con este libro. Uno de ellos muestra las reacciones de distintas personas cuando se encuentran por primera vez con “Tree of Codes” y es delicioso. El otro enseña los entresijos del proceso de producción y es completamente alucinante. No os los perdáis.

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[1] En español existen dos traducciones del libro, “Las tiendas de color canela” (Editorial Debate) y “Las tiendas de canela fina” (Maldoror Ediciones).


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